A la sillita de la reina, que nunca se peina

La Sastrería del Tiempo/ diciembre 19, 2020/ Cuento breve/ 0 comentarios

Todo empezó el día en que le pregunté a mi abuela:

– ¿Dónde me puedo comprar una butaca para sentarme?

Mi abuela estaba cosiendo. Como siempre. Levantó la vista y volviendo a lo suyo me preguntó:

– ¿Para qué quieres una butaca, niñita? Ya tenemos un sitio para sentarnos en casa. Estás sentada en la mecedora ahora mismo.

– Para pensar – le respondí.

Volvió a levantar la vista. Hizo la pregunta sin palabras, así que contesté.

– Quiero que sea como mi trono. Sentir que soy la dueña de mi vida. Imaginar cómo va a ser mi futuro y poder ver qué tendré que hacer para construirlo.

Dejó la tiza rosa, con la que estaba dibujando un patrón sobre la mesa.

– ¿Tienes dinero?

El dinero es una preocupación constante cuando vienes de una familia humilde y trabajadora que ha vivido una enfermedad muy larga.

– He ahorrado la paga, ya sabes que no fumo ni bebo. Mario me invita a todo cuando salimos y los libros, los pido prestados en la biblioteca. Pero no sé a dónde puedo ir a comprar una butaca.

Mi abuela volvió a coger la tiza y siguió trazando líneas.

– Me llama la atención que quieras comprarte una butaca. Tienes 17 años. ¿Estás segura que no prefieres otra cosa?

Ella seguía trazando líneas. Yo seguía balanceándome en la mecedora mientras sopesaba opciones. Suspiré y hablé:

– Quiero mi butaca.

Dejó la tiza. Miró hacia alguna parte, viendo algo que yo no podía ver, más allá de la pared del salón comedor.

– En la Parte Vieja hay una calle, cerca del mercado de la Bretxa, tienes que entrar por un lateral, cerca de  la tienda donde venden los trajes de casera. En esa calle hay muchos sitios donde venden objetos y muebles de mimbre. El mimbre es de lo más barato que hay. No sé si te llegará, pero deberías empezar a mirar por ahí.

La butaca era grande. Cuando llegué al Boulevard, yo ya estaba agotada. Así que esperé el autobús. Subí la butaca con dificultad y al autobusero le dio pena hacerme bajar. Alguna señora se quejaba en voz alta. El chófer fingió no oirla. Yo también. El camino de la parada del autobús a casa se me hizo larguísimo. Subir el doble tramo de escaleras… una agonía. La butaca entró en el ascensor de pura chiripa…

Pero ahí estaba yo, en la habitación que compartía con mi hermana. Sentada en mi butaca. Mi butaca. Les oía decir a mi madre, mi tía y mi hermana, que estaban en el salón:

-¿Y por qué se ha comprado una butaca?

-¿No prefería otra cosa?

-Pero si ya tenemos sitio para sentarnos en casa.

-¿Y cómo se lo ha traído?

-A mí me parece bien – dijo mi abuela abreviando.

-Qué manera tan tonta de gastar el dinero.

Y yo, mientras, sonreía pensando que no era un gasto.

Era una inversión.

La mejor inversión de mi vida.

A la sillita de la reina, que nunca se peina, 
un día se peinó
y de la sillita se cayó.
CANCION INFANTIL
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